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El sueño de tener un hijo y la pesadilla de perderlo

Seis años de infertilidad, y ahora tiene en sus manos una prueba de embarazo positiva que la hace llorar de emoción y agradecer sin cesar. No hay felicidad que se le compare a la que vive en estos momentos. Pasan las semanas, y se acuesta en una camilla con la mayor de las ilusiones, solo para descubrir que ya no hay latidos, ya no hay embarazo, ya no hay bebé.

¿Cómo se supera ese dolor? Esta es la historia de Zuleyka, la cual comparte en ánimos de educar y romper los tabús que rondan el tema de la infertilidad y el aborto.

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Dio a su hijo en adopción y lo hizo pasar por muerto ¿Por qué?

Tenía 19 años. Dejó a su hijo recién nacido en el hospital, junto con una carta dirigida a las enfermeras, pidiendo que lo cuidaran bien, ya que ella no podría. Firmó los papeles de adopción, y envió una carta a sus familiares informando que el niño había muerto.

Ese es un capítulo triste en la vida de Victoria, pero indagar en los cómo y en los porqués nos ayudará a entender mucho mejor cómo llegó a tomar esa decisión que la marcaría de por vida.

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7 grandes ventajas de llegar a los 30 sin hijos

Estoy a cinco meses de cumplir mis tres décadas de vida, y no soy mamá. Aunque planifico serlo en un futuro cercano, eso no significa que no pueda apreciar las ventajas de llegar a los 30 sin haber procreado.

Sé que hay muchas madres que valoran lo contrario, y aman la libertad de llegar a los 40 teniendo hijos ya grandes e independientes. No dudo que ese otro “extremo” también sea conveniente, pero ese puede ser tema de conversación en otro escrito. Por lo pronto, aquí les comparto siete grandes ventajas de tener hijos después de los 30 o de, simplemente, no tenerlos:

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Maternidad acelerada

El cambio de vida tras un embarazo en plena adolescencia

A los 14 años de edad no se ha dejado de ser hijo “a tiempo completo”. En circunstancias normales, dependemos totalmente de nuestros padres o tutores, y estamos lejos de conocer los grises de la vida. Apenas ha comenzado la adolescencia y nuestras preocupaciones, por lo general, giran en torno a la ropa que usaremos, la persona que nos gusta o las tareas de la escuela. No fue así para Clarainés. A los 14 años, debía planificar, nada más y nada menos, cómo cuidar a la criatura que cargaba en su joven vientre.

Incluso en las mejores circunstancias, el embarazo del primogénito viene acompañado de dudas, preocupaciones y expectativas sobre el futuro. ¿Nacerá saludable? ¿Seré una buena madre? La preocupación de Clarainés era muy diferente. “¡Dios mío, qué yo hice, yo no estaba prepará´ pa´ esto! Yo tan joven”, pensó la adolescente al confirmar su embarazo. Y luego, la gran pregunta: ¿Cómo le digo a mi mamá que estoy embarazada? Para empezar, ¿cómo le digo que estoy activa sexualmente?

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Lucha de dos corazones por una misma vida

La experiencia de ser madre después de los 40 y tener una niña con Síndrome de Down

La vida de una llegó para cambiar la existencia de la otra. Desde ese instante en que Yolyan comenzó a crecer en el vientre de su madre, comenzó a crearse un vínculo con el ingrediente clave del amor. Hoy, siete años después del alumbramiento, donde se ve a mamá, está hija, pues la fortuna de ambas depende de sentir el bienestar de la otra. El tiempo en que un cristal frío las separaba fue suficiente para que Yolanda esté segura que su felicidad depende de ver a su retoño feliz y, más importante, saludable.

Yolanda era una mujer de carácter fuerte que nunca tuvo como prioridad ser mamá. Se había jurado a sí misma no tener hijos si alcanzaba los 35 sin haber procreado. Pero cumplió las cuatro décadas y despertó un sentimiento nuevo. “Me hacía falta algo, y entendía que era ser mamá”, dijo sonriente la mujer, recordando que la época de fiestas ya había pasado, y contaba con la madurez para tener parte de su corazón fuera de sí.

La ilusión se convirtió en dolor cuando ocurrió el primer aborto, pero no se dio por vencida; intentó otra vez. Llegó el segundo embarazo, y el tercero, pero no sobrevivían más de dos meses. Estaba convencida de que no sería madre. El continuar abortando pondría en riesgo su salud, por lo que, junto a su esposo, decidieron que él se haría una vasectomía. Y en medio de las diligencias, quedó embarazada por cuarta vez. La llama de la esperanza estaba encendida, pero las experiencias previas le hacían temer una cuarta pérdida. Pasó un mes, pasaron dos, pasaron siete, y el regalo tan soñado nació.

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