Memorias del Puerto Rico de los 40 y las vicisitudes de la vejez en pobreza

William, como muchos puertorriqueños de su edad, no sabe de orgullos ni tiene lugar para lujos. Vive en un campo de San Sebastián, junto a su esposa, Aida, quien ha ido perdiendo su estabilidad mental desde hace tres años. Se desconoce qué mal la está atacando, pues viven el día a día sin pretender que un médico diagnostique y cambie el camino ya trazado. Aquella mujer que antes se dedicaba a mantener la casa limpia ha perdido la noción del tiempo y espacio, y hoy el olor a orina se esparce por todo el lugar.

El hombre, mejor conocido como Quiti, tiene 76 años y proviene de una familia pobre, compuesta por sus padres y 11 hermanos. Aún no entiende cómo sus progenitores pudieron cubrir las necesidades básicas de aquellos niños, pero aseguró que el plato de comida nunca faltó en su casa, aunque fuera en pequeñas porciones. Los dos dólares con ocho centavos que ganaba su padre, al día, daban abasto para, al menos, alimentarse. Además, vivir en el campo les aseguraba alguna que otra fruta, ñames y verduras.

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