
Hasta el 11 de junio del 2002, William disfrutaba sus días entre su negocio de hojalatería y pintura, su casa y su familia. Mantener limpios los alrededores de su hogar y asegurarse de que los carros estuvieran en buenas condiciones era, más que un trabajo, una terapia de entretenimiento. Los fines de semana, paseaba junto a su esposa y sus dos hijas, de cuatro y cinco años, siempre como una familia unida.
El 12 de junio, hubo un giro radical. Como de costumbre, organizó un pasadía familiar en la Playa Manglillo, en Guánica. Al llegar, los más jóvenes no perdieron tiempo y comenzaron a brincar desde los mangles hasta el agua. Mientras tanto, William disfrutaba de la comida y un par de cervezas.
A eso de las 11:30 de la mañana, decide entrar al agua y, por qué no, tirarse de los mangles. Ese primer chapuzón fue lo suficientemente divertido como para intentarlo una vez más. Pero esa segunda ocasión fue la última vez que pudo disfrutar el sentir su cuerpo libre, mientras el sol y el viento lo acariciaban en su camino hacia la inmovilidad.
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