
Dice el evangelio de Mateo que ¨si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: ´Pásate de aquí allá´, y se pasará; y nada os será imposible¨. Los padres de Abimelec, fieles pentecostales, trabajaron arduamente para que su hijo creciera con la convicción de que la fe cristiana movería toda montaña que le presentara la vida. Su propio nombre, que se traduce del hebreo como ¨mi padre es rey¨, le recordaría que al tener a Dios como su aliado, nada le faltaría.
El joven creyó, sin dudas, que su nombre profesaba una verdad irrefutable. Pero llegó el día en que imploró incansablemente al que suponía todopoderoso, y no recibió respuesta. Seguía siendo homosexual. ¨Yo dije: ´Esto es simple. Si Dios tiene el poder de hacer que mi vida sea mejor, y yo, de corazón, se lo estoy pidiendo y él no lo cumple, es una de tres: o que no existe, o que no tiene el poder suficiente, o que simplemente no le interesa. Cualquiera de esos motivos es suficiente para no creer en él¨, reflexionó Abimelec cuando alcanzó sus 21 años.
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